Roberto Mérida Fernández
Libia es el ejemplo contemporáneo más claro de cómo una revuelta puede ser transformada en una contrarrevolución, ante la perspectiva de injerencia militar del imperialismo, representado en la OTAN y en la importación de grupos de mercenarios, de corte islamista, extranjeros. Otros recursos recurrentes son la financiación de grupos laicos e integristas internos por capital saudí, pasados al bando de sus nuevos patrones: el yihadismo wahhabí. Estos grupos carecen de la menor relación con las fuerzas vivas del país (movimiento popular y social): son grupos de milicianos sectarios vinculados a Al-Qaëda y agasajados, armados y pagados por "Occidente", por intermediación de Qatar, Turquía y los Sa`ūd; vendidos como "luchadores por la libertad" por cadenas como Al-Jazeera, la televisión qatarí, ó Al-Arabiya, saudí. Posteriormente, la adscripción de estos grupos a Estado Islámico y su ruptura formal con Al-Qaëda, lo que los aleja de la influencia saudí, ha supuesto un giro de la situación. Semejante desarrollo ha sido posible ante la falta de una organización del proletariado y, más aún, de una organización independiente de éste que aúne a nativos y extranjeros. Esto ha permitido mover a sectores del mismo, alejados de las áreas de poder, en las regiones más periféricas, bajo consignas tribales.
Pero remontémonos al inicio de los hechos. ¿Qué ha sucedido en Libia desde el inicio del "levantamiento" armado contra Gaddāfī?





